Un mapa muy peligroso

29 septiembre 2009 at 1:28 PM Deja un comentario

Ya se sabe que el periodismo es una de las actividades más peligrosas del mundo. Aunque me gusta explicar todo lo que afirmo, en este caso no hace falta argumentar. Los números lo dicen todo: 2009 no se ha acabado y van 33 periodistas muertos y 170 están encarcelados en todo el mundo, según Reporteros sin Fronteras.

Ni siquiera entre los médicos y paramédicos, o entre policías y bomberos, quienes en bloques suelen estar en las primeras líneas del riesgo ocupacional, superan las estadísticas trágicas del periodismo. El Comité para la Protección de Periodistas lleva un registro de muertes de informadores –en circunstancias atinentes a su ejercicio profesional– desde 1992, quizás el más completo de los que están publicados. Su base de datos contabiliza 757 reporteros, columnistas y anclas fallecidos en faena laboral.

Jorge Elías, periodista argentino y autor del libro Maten al cartero –un testimonial sobre las agresiones de la Operación Cóndor a la prensa del Cono Sur en las décadas de los ‘70 y ’80–, afirma que la progresión del peligro para la actividad informativa ha hecho que en los últimos 20 años unos 300 periodistas hayan perdido la vida cumpliendo con su deber en América Latina. Elías da cuenta de que sólo en Colombia, hasta 2005, la muerte violenta y dirigida había eliminado a 123 periodistas.

Muy reciente es el informe de la ONG argentina CADAL sobre los indicadores de riesgos para el periodismo latinoamericano, con datos correspondientes al primer semestre de 2009. Fernando Javier Ruiz, encargado del balance, presenta en un mapa los peligros genéricos y sus respectivas intensidades para el caso de cada país de nuestra región. He aquí el gráfico extraído del informe:

Indicadores de Periodismo y Democracia en AmŽrica Latina

Venezuela, que nunca antes había figurado entre los lugares más notorios del terrible ranking mundial de los peligros de esta profesión, desde 1992 es un país donde los riesgos del periodismo crecen a ritmo trepidante.

Vivo en Venezuela y estoy bien persuadido de las amenazas que cada día se ciernen con más contundencia sobre la labor de los informadores. Para el periodismo, este país se ha vuelto un sitio muy hostil.

Pero no es el único. En el mundo entero, como dice Jorge Elías, los periodistas «somos más vulnerables que nunca».

Muerte, cárcel, intimidación, hostigamiento: éste es el indigerible menú que le ofrecen los cobardes de este planeta al periodista honesto y gallardo.

Christian Poveda, asesinado en El Salvador.

Vean el caso de Christian Poveda, el fotorreportero y documentalista franco-español que integrantes de una mara asesinaron hace una semana en San Salvador. Si un periodista retrata la realidad, cualquiera que ésta sea, enfrenta el peligro de la retaliación más cruenta. Se le ve como un blanco de vendettas, como el enemigo de toda clase de poder.

A Poveda lo mató el crimen gangsteril salvadoreño para cobrarle la realización de un documental en el que muestra la violencia extrema e inmisericorde de esas pandillas juveniles, temibles bandas que se han extendido por Centroamérica, México y algunas ciudades de California y el suroeste de Estados Unidos.

La vida loca, film de 2008 que marcó la suerte, breve, de Poveda, es una producción impecable, una prueba honrosa de cómo el periodismo puede mostrar un hecho impactante sin intervenirlo interesadamente, maquillarlo o condicionarlo. Hace un año lo vi y me quedé sin palabras ante la exhibición del coraje y la honestidad de su autor. En YouTube están disponibles varias secuencias de la película.

A pesar de la sombra trágica que ahora cae sobre la película, vale la pena verla. Cualquiera podrá sacar sus propias conclusiones, pero a mí me seguirá recordando el carísimo precio de elegir el ejercicio del periodismo. Un elevado costo que algunos reporteros de mi país y del mundo están dispuestos a sufragar, convencidos de que el deber de informar es un apostolado peligroso pero demasiado necesario. Y yo me anoto junto a ellos.

Jesús Urbina Serjant

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