Facebook y la libertad de expresión

19 noviembre 2009 at 7:31 AM 3 comentarios

La campana suena y empieza una nueva ronda en la discusión acerca de si las redes sociales 2.0 constituyen un espacio público o privado. Esto se ha vuelto muy habitual. También un poco tedioso, pues mucho de lo que se dice entre posiciones tomadas es claramente una redundancia.

Pero sí es verdad que los desarrollos de la interaccción comunicacional vía Internet han significado un reto para las concepciones típicas, en el terreno de lo jurídico y en la dimensión ética, sobre las responsabilidades de los ciudadanos en el ejercicio de la libertad de expresión.

¿Hasta dónde es público lo que pongo en mi «estado» del Facebook? ¿Cuánta privacidad puedo controlar en mis mensajes de Twitter? Y más pertinentes, aun, estas otras preguntas: ¿debo ser blanco de reproches legítimos acerca de lo que digo en esos territorios virtuales? ¿Pueden otros endilgarme una lesión a sus derechos si me expreso con franqueza en mi «perfil» de usuario en esas redes?

Convicciones tenemos suficientes en cuanto a la idea de que nuestros actos comunicacionales, en cualquier espacio, deben estar sujetos a responsabilidades convencionales. Esto es, a las restricciones típicas que en el mundo analógico ya están consagradas: las que aseguran la protección de la dignidad humana y los derechos de la esfera personal de todos. Así, pues, la imagen propia, la honra, la reputación, el secreto de las comunicaciones privadas, los datos personalísimos o la intimidad, configuran un tejido de derechos fundamentales que –tan susceptibles como son a los abusos de la opinión o la información– han de ser resguardados del interés ajeno que procede sin consentimiento previo.

Ya sabemos que Facebook y Twitter, entre las redes más populares del universo virtual 2.0, cuentan con dispositivos de configuración que permiten al usuario administrar la privacidad: quién nos mira, qué pueden ver otros, quién nos «sigue» o cuánto acceso permitimos a los demás en nuestro espacio.

Pero esos mecanismos no son perfectos. Las filtraciones ocurren, y con ellas, los conflictos.

Aparte de esto, hay que considerar la noción, cada vez más fuerte entre muchos usuarios de esos sistemas, de que se puede aprovechar la oportunidad que nos brinda el estado o el mensaje para desplegar campañas y promover causas con las que se guarda afinidad. Las redes 2.0 son, en este sentido, útiles y novedosos medios de publicidad. Para muchos, son las herramientas de comunicación más formidables a su alcance.

Sin embargo, la mayoría de los participantes en esos servicios considera que los contenidos que exhibe, las relaciones que hace y los intercambios comunicacionales que concientemente genera son de su fuero privado. En consecuencia, procura protegerse de intrusos, «mirones» y de los excesos que otros usuarios cometan.

Es un tira y encoge en la definición personal de lo público. A ratos cae bien mucha difusión; en ocasiones, por lo contrario, es mejor reservarse para los amigos más cercanos. Es lo mismo que ocurre en todos los otros espacios de las relaciones humanas.

La intimidad y la privacidad no son locus. Se trata, más bien, de situaciones de vida que forman una burbuja intangible, que llevamos como ectoplasma virtual a dondequiera.

Los “lugares públicos” son circunstancias, no sitios propiamente. Nuestro microcosmos privado viaja con nosotros a la plaza, al mercado, al trabajo, a la universidad y al cine. Hemos aprendido a proteger la privacidad ante las exposiciones más definitivas, pero si la ocasión es que en el ámbito público se nos exige desnudar nuestra esfera íntima, podemos resistirnos e invocar el derecho fundamental proclamado en tantas declaraciones y normativas.

En Facebook tengo la opción de seleccionar a mis interlocutores. No obstante, si es el caso de que mis pensamientos expresados en la red trascienden más allá de mis controles, lo que he dicho queda expuesto a la crítica. Ésta, por cierto, es una de las facultades de la libertad de opinión y no tiene más límite que la dignidad de los sujetos cuyas actuaciones o expresiones evaluamos.

Decir que me avergüenza lo que otro ha dicho o hecho, no constituye una aberración ni un exceso en el ejercicio del comentario. Eso no equivale a la injuria o a una agresión moral. Si lo fuera, las fronteras de la libertad se retraerían tanto que la anularían y harían imposible todo derecho de la comunicación.

Peor todavía es pretender cubrirse de legitimidad legal para sentenciar, castigar o excluir del foro público a quienes ponen en entredicho lo que hacemos y decimos.

Cuando así procedemos es inevitable que nuestras acciones represoras correspondan a la calificación de censura.

Hace poco, un amigo escribió en su estado del Facebook lo siguiente:

«Ángel de la muerte: este año te llevaste a una de mis actrices preferidas (Farrah Fawcett), a una de mis cantantes preferidas (Mercedes Sosa) y a uno de mis cantantes preferidos (Michael Jackson). Te informo que Hugo Chávez es uno de mis presidentes preferidos… y el año aún no termina. ¡LÚCETE!»

Si señalaran a mi amigo de instigador de un delito (específicamente, del magnicidio), ¿qué pensaríamos de quien haga tal acusación?

…….

Los perfiles de la controversia

Dos polémicas muy sonadas últimamente en Venezuela han tenido como escenario a Facebook. Una de ellas justamente nació en esa red social digital.

Primero ocurrió el caso del profesor Pedro Lava, de la Universidad Santa María (Caracas), quien fue suspendido de sus labores docentes por causa de opiniones homofóbicas que hizo escuchar a sus alumnos durante una clase de Derecho Romano.

En apenas unas pocas horas, la presión de grupos críticos aluvionales formados en Facebook y Twitter se convirtió en el gatillo de la sanción. Muchas de las expresiones que emplearon los usuarios acusadores lucían tan ultrajantes como las que objetaban a Lava.

Claramente, el profesor se hundió en arenas movedizas al utilizar el espacio académico para denostar, con agravios diversos, de todo un colectivo social por sus preferencias sexuales.

Pedro Lava, en video comprometedor.

¿Violó la privacidad de Lava el estudiante que grabó en video y luego divulgó la arenga insultante? Definitivamente, no. Un espacio en apariencia privado –la clase– se transforma en este caso en el terreno de un hecho de indudable interés público.

¿Atacaron su intimidad y lesionaron su derecho a la honra quienes lapidaron al profesor a través de las redes sociales? Definitivamente, sí. A los usuarios de Facebook y Twitter les hubiera bastado con exponer el abuso de Pedro Lava y exigir la sanción que cabe en aquellas circunstancias. Pero el agravio moral no es la respuesta competente cuando se ejerce el derecho a la libertad de opinión, a la crítica.

El otro caso involucra también a un docente, pero esta vez la reacción de los usuarios del mundo 2.0 va en otra dirección, la de oponerse a la censura.

César Pérez, ayudante académico en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Zulia (Maracaibo), ha sido objeto de destitución y sometimiento a sanción disciplinaria por haber opinado sobre el desempeño administrativo de una profesora ordinaria de la institución.

El Consejo de Facultad acomodó su resolución con unas consideraciones rayanas en la aplicación del silencio forzoso a estudiantes y profesores, lo que en una escuela que forma periodistas es un precedente peligroso e inaceptable.

La disconformidad con la decisión encontró notable eco en Facebook y Twitter, donde se generó una campaña de cuestionamiento a lo que una mayoría no tiene duda en calificar de «censura» institucional.

De nuevo, lo privado y lo público se cruzan en una espiral de malentendidos, atropellos y actos de intolerancia. La cultura cívica aún no florece entre nosotros.

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Periodismo encubierto Mordazas invisibles

3 comentarios Add your own

  • 1. ALVARO SOTO URDANETA  |  20 noviembre 2009 en 12:23 AM

    La comparación, que hace el Prof. Jesús Urbina, del caso del Prof. Pedro Lava con la del ayudante académico de LUZ, César Pérez, es rayana a lo incomprensible e impertinente. Lava evidencio una falta de respeto y consideración para lo que se ha dado en llamar “preferencias sexuales”, al menos en dar por cierto el contenido visual y sonoro de su intervención en clase. Esto constituye una acción pública y, si en privado, denigra de alguien bajo esa “preferencia sexual”, tampoco eximiría al Prof. Lava de sus consecuencias penales y morales. Pérez, arremetió, en el Facebook, contra la honra y el buen nombre de docentes y de a institución universitaria, representada en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Zulia, cuando apenas, como estudiante de maestría, prestaba docencia bajo la figura de “ayudante académico”, adscrito a un profesor del área de lingüística. El Consejo de Escuela decidió, “no renovarle” la ayudantía en vista de su comportamiento. De manera que no hubo ninguna expulsión: cesó en sus funciones de “ayudante académico” (porque no es profesor ordinario de LUZ).

    La discusión bizantina de si Twitter o Facebook son, eufemísticamente, “redes sociales privadas”, no es el caso ni el grueso de la defensa para quienes la utilizan, bajo esa premisa, para atacar honra y buen nombre de personas e instituciones. La premisa debe ser: “de los contenidos responden los autores” y punto. El riesgo de la libertad debe ser asumido con valentía, pundonor y bajo los mandatos de, en nuestro caso, el código deontológico del periodista venezolano y el marco jurídico que protege, en este y casi la totalidad de los países del mundo, la honra y buen nombre de personas e instituciones.

    No hay posición alguna, ni excusa alguna, que sacando cualquier discusión, punto de vista u opinión, del foro académico, respetuoso, tolerante y civilizado y lo “bajemos” a la plaza pública del Twitter y el Facebook, bajo el prurito de “privado”, y arremetamos sin ponderación, equilibrio y respeto contra el buen nombre de instituciones y personas y “corramos” a refugiarnos en “la libertad de expresión”. El uso de mi libertad debe terminar en donde se inicia la del otro y , con el respeto que merece el Prof. Urbina, eso no está en discusión o a criterio de quien utiliza herramientas poderosas y útiles para el crecimiento intelectual, moral y material del hombre, para arrastrar la discusión académica válida al albañal de la gallada pública.

    Lava, si damos por cierta su ofensa, es tan ofensor como Pérez y susceptible de ser objeto de la sanción, no sólo pública (virtual) sino de la objetiva y legal (analógica). No se trata, entonces de sumar adeptos o recabar firmas o inscripciones, en una u otra corriente de apreciación sobre las “redes sociales”, su uso o abuso, liberando al autor de su responsabilidad, escudándose en el medio y echándole la culpa al riesgo de vivir en sociedad. No es así de fácil, como lo plantea el Prof. Urbina. Por mucha filosofía y piruetas retóricas o semi-lógicas, en apariencia, la honra y buen nombre de personas e instituciones no pueden convertirlas en la túnica de Cristo, donde jueguen dados una suerte de centuriones romanos del “libertinaje de pensamiento”, a la espera de terminar de crucificar la verdadera razón y sentido de la “LIBERTAD DE EXPRESIÓN”, piedra angular de las “LIBERTADES PÚBLICAS”. Eso debe protegerse y respetarse y, quien atente contra ellas, por más que muchos se rasguen las vestiduras: debe sancionarse, para que estas libertades tengan el uso adecuado y responsable, a los fines de preservar el devenir armónico de la vida de los hombres en sociedad. Ese es el punto que obvia el Prof. Jesús Urbina.

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    • 2. urbinaserjant  |  20 noviembre 2009 en 1:30 AM

      Habida cuenta de que tu opinión, Álvaro, y la mía pueden cohabitar en el mundo de los puntos de vista divergentes o contradictorios –¡viva la dialéctica!, la cual no obstante el pensamiento único que intentó monopolizarla, aún sobrevive–, no voy a contestar lo que aseveras en tu comentario. Prefiero que queden, una frente a la otra, las dos opiniones. Por supuesto, yo reafirmo y ratifico absolutamente la que he expresado en esta entrada del blog.
      Lo que sí me permito aclarar es que en la parte del post que presento bajo el subtítulo «Los perfiles de la controversia», no pretendí “comparar” los dos casos expuestos resumidamente. Lo que hice fue relacionarlos, que es una acción diferente. Y eso sí están: muy vinculados en el tópico de fondo, el de la tolerancia en el ejercicio público de la libertad de expresión.

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  • 3. Link Leonhart  |  26 noviembre 2009 en 4:04 PM

    Es un tema muy complejo lo que nos presenta el prof. Jesús Urbina en esta entrada, por lo menos en mi caso a veces se me hace difícil comprender la barrera que existe entre lo éticamente aceptable o no en estas redes sociales; todos pueden entrar a una de ellas y esa característica es su arma de doble filo.

    A mi completo parecer, el uso responsable requiere del libre albedrío del usuario. Y en el caso que suceda un altercado dentro del mundillo virtual, debería ser solucionado en el ambiente físico, puesto que los usuarios son entes vivientes como tal.

    Muchas gracias por el texto y el blog profesor. Están bien interesantes las entradas =)

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